Infancia y olores: Yo reivindico el olfato

Me atracó a mano armada, tan directo e ineludible como el beso de una abuela. Cerré los ojos e inspiré con fuerza. Olor a madera quemada. Así huele el invierno. Y a frío, porque el frío se puede oler, como la lluvia. Es un olor que trae a cuestas la gente que entra en casa después de pasear por las frías calles cualquier tarde de invierno. Mi infancia huele a goma de Milán, al dulzor de la plastilina. Huele a cartulina, a tierra de patio. Huele al aliento ácido de ese profesor de música de los Salesianos, huele al mercado en el que mi padre nos sacaba adelante. ¿A qué huele un mercado? Cuando está abierto, a muchas cosas, cuando cierra, a verdura podrida. Bendito olor aquél entre el que jugábamos al fútbol los hijos de los mercaderes.

Había gente, compañeros de clase, que podía identificar con los ojos cerrados. Unos olían al suavizante de la ovejita, otros a la colonia del bebé en paños menores y otros, los peores, a la falta de ambos. Lo curioso es que no había dos guarros que olieran igual. El tufillo daba personalidad. De niño una de las alegrías del verano era ir con mamá a la piscina. Mi hermano y yo nos apremiábamos al máximo en los vestuarios, casi al borde de la histeria. El motivo era el embriagador olor a crema solar de coco y agua clorada, que nos recordaba que estábamos a punto de sumergirnos en horas de diversión. Heroína para la pituitaria. Mi infancia huele a chorizo de Pamplona, a paella en el campo. Huele a cebolla pochada -tortilla de patata en ciernes- que asciende por el patio de casa hasta colarse por la ventana. Huele a mecha de petardo encendida, a semilla de platanero en tarde lluviosa. Huele a leche quemada, descuido en el fogón de una vieja cocina de gas. Huele a estuche con lapiceros, a olla de lentejas. Huele a pupitre verde con cesta de alambre, donde reposan mis libros de séptimo de EGB, que también huelen.

Y están esos olores que vuelven. Esa colonia que se cruza contigo mientras paseas te hace casi girarte y correr detrás de quien la lleva, correr detrás de un montón de recuerdos que se evaporan en cuanto la colonia se aleja. El olfato no está tan valorado como debería; es el paladar cerebral que conecta recuerdos y los convierte en imágenes, en radiografías pasadas que se vuelven presentes al inspirar. Yo reivindico el olfato.

 

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