De cómo un amigo se convirtió en Grecia y yo en Merkel

Hace año y medio dejé dinero a un amigo. La situación económica le asfixiaba y me pidió un poco de oxígeno. El dinero, como todo en la vida, es relativo, pero atendiendo a mi salario la cantidad que le dejé suponía todo un esfuerzo para mí. Casi 500 euros. A pesar de ello me sentí bien porque, gracias a Dios, tenía la posibilidad de ayudar a alguien a quien tenía una gran estima.

El caso es que, una vez aflojado el parné, pacté con mi amigo que me devolviera el dinero antes de cuatro meses. “No te preocupes”, “tranquilo, te lo devolveré”, “estoy ahorrando desde ahora mismo para dártelo cuanto antes…”. Me llegó a decir, incluso, que me devolvería algo más de la cantidad que le presté, cosa a la que me negué. Me bastaba con recibir lo prestado. Eso sí, me permití darle una serie de consejos para que consiguiera ahorrar más. “En lugar de ir al gimnasio corre por un parque”, “no vayas a trabajar en coche porque te pilla a sólo veinte minutos andando de casa” o “en vez de comer en restaurantes come en casa…”. Él escuchaba y asentía a cada consejo con convicción.

El caso es que, pasados un par de meses, empecé a ver cómo mi amigo salía por la noche con sus amigos, se regalaba un sinfín de cosas, no escatimaba en viajes de placer… Mientras yo veía ese despliegue económico, mi cara cobraba el gesto del niño al que le quitan el bocadillo recreo sí, recreo también. Vamos, que me sentía gilipollas.

Hasta que un año y medio después y con las pelotas con las dimensiones de un balón de playa decidí llamarle para reclamarle lo que era mío.

Después de hablar diez minutos por teléfono me vino a decir que no me podía pagar el dinero. Me comentó que si le podía prorrogar el pago o abonarme sólo una parte y perdonarle el resto. Enfadado, repliqué que eso no era lo que habíamos pactado, pero él se mantuvo firme en sus trece.

Yo tenía las de perder. Si le presionaba y me negaba a negociar, no vería nunca el dinero que le había prestado. Pero él también salía perdiendo. Nunca más vería un solo euro salido mi bolsillo en el futuro, por más que lo necesitase, a menos que cumpliese con su palabra. Básicamente, y salvando las distancias, él se estaba marcando un “Grecia”, y yo un “Merkel”. Ojo, no comparo el proceso sufrido con mi amigo hasta llegar hasta aquí, sino a la postura que él y yo mantenemos ahora en torno a la deuda, casi calcado al pulso mantenido por Grecia y Alemania.

Soy de los que piensa que habría que flexibilizarle las condiciones de pago a Grecia porque Europa se debe construir sobre con la solidaridad de los que tienen más con los que tienen menos. Alemania debería valorar que si no se aplaza o flexibiliza el pago, Grecia tardará décadas en salir del pozo.

Dicho esto, también considero que los helenos no deberían ser tan soberbios. Tendrían que pensar que si su país fue rescatado algo de culpa tendrán, primero los individuos, luego la sociedad y, por supuesto, los políticos e instituciones.

Total, que al final he optado por hablar con mi amigo, aplazarle el pago y cruzar los dedos. No me queda otra, pero el que suscribe no le vuelve a dejar un solo euro.

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