Inmigrantes, ignorantes

Ayer era San Isidro y me fui a dar una vuelta por las fiestas de Madrid. Me comí un bocata de entresijos con una cerveza. Había gente en las praderas tanto de San Isidro como de Las Vistillas. Y paré a ver a un grupo de peruanos tocar música. Todo iba como la seda hasta que oigo: “Van a convertir las fiestas de Madrid en las fiestas de Perú”. Valiente gilipollas. Lo que van es a reconvertir tus fiestas, me dije. Entonces cogí la bici y me marché. La ignorancia es atrevida. Siempre digo que no hay nada peor que un tonto con tiempo. Me ratifico. Madrid es lo que es por los que vienen de fuera (trabajo con vascos, santanderinos, gallegos y un venezolano…). Las costumbres y la tradición siempre tienen un inicio con gente que viene de otros lugares (pensemos en EEUU, en su Acción de Gracias o su Halloween, herencia de los irlandeses que allí se instalaron). Si rechazamos lo de fuera, nos rechazamos. Estaremos muertos culturalmente. ¿Qué es ser inmigrante? Soy hijo de una mujer de Velilla de San Antonio y de un hombre de Asturias. Pero claro, ese tipo de inmigrantes están bien vistos porque hay unas fronteras que delimitan lo que es ser emigrante de lo que no.

Esa frontera se llama ‘Egggpaña’. Acotar el lugar en el que vives (llámale País Vasco, llámale Cataluña o llámale España) es, en mi opinión, el mayor ejercicio de catetismo posible. Reconozco que hay que entrenar mucho y estar muy adoctrinado (llámale Aguirre o llámale Oriol) para aceptarlo sin pensar, pero en mi humilde opinión es un error. Me fui triste a casa porque creo que hay mucho trabajo de campo detrás, muy político, para hacernos sentir únicos, especiales, para hacernos sentir más que los demás. Yo sé euskera. Y yo catalán. Yo bable. Y yo calé -pero chico, en inglés estamos jodidos-. ¿Quién define lo que es una lengua? Debería ser todo aquello que sirve para que nos entendamos, pero resulta que no, que es todo lo contrario. Dentro de cuarenta años las fiestas de Madrid no serán lo que son. Ni las de Andalucía, Canarias o Murcia.

¿De dónde soy yo? Pues soy de quienes me rodean, sin duda. Mi país son las personas que me hacen sentir bien. No derramaría una gota de sangre por defender un trozo de suelo, pero sí por una persona que merezca la pena. Hay que reconocer que se lo han montado muy bien, pero yo no quiero vivir sobre un montón de arena. Yo quiero vivir con personas que pisen la tierra, con personas que estén muy por encima de ella. Con personas.

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