Seis palabras, dos corazones rotos

El problema no es morirse, el problema son los que sobreviven. Fue un paro cardíaco fulminante. Estaba casado, tenía más de cuarenta años y la ilusión que da ver crecer con salud a tres mocosos. Particularmente no le conocía demasiado. Almas coincidentes en el colegio. Conocidos de escuadra y cartabón; de peonzas y yoyós, de balonazos en el patio. El destino, caprichoso, alejó nuestras vidas hace años y con el mismo capricho las volvió a acercar hace tres en la boda de unos amigos comunes. “Qué tal”. “Pues bien”. “Cuánto tiempo”. “Estás igual”. “Pues anda que tú…”. Conversación de manual para dos desconocidos conocidos. Suficiente para certificar que seguía siendo un buen tipo. No necesité pruebas. La mirada, en ocasiones, es mejor notario que los hechos.

El problema la mayoría de las veces no es morirse, el problema es explicárselo a los que sobreviven. Su mujer, valiente, cogió por banda al mayor de sus tres hijos y fue directa al grano: “Papá no va al volver, hijo mío”. Y el retoño, con esa inocencia que nos convierte en adultos cuando se rompe, le respondió a la madre: “Mamá, ¿y no podemos dar para atrás? Ese niño ya es un adulto. Y a mí también se me paró el corazón.

 

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