El anciano que miraba el horizonte junto a su mujer

No sé si su apellido era Ripol o Ripoll. Pero una ele de más o de menos no hará que la historia pierda o gane profundidad. El caso es que fue uno de mis profesores de periodismo, creo recordar que de una materia que tenía que ver con la política, pero no me hagan mucho caso. Tampoco es un detalle capital en la historia.

Era protestón. Agrio. Un limón en el paladar. De esas personas que gastan tan insoportable carácter que acababan, muy a su pesar, haciéndose querer. ¿Recuerdan a Paco Umbral o Fernando Fernán Gómez? Pues eso. A la mierda. He venido a hablar de mi historia.

Ripol -por abreviar- era un tipo muy cultivado. Septuagenario y militar, y en su día empleado en la Agencia Espacial Europea, también trabajó en la formación de la Comunidad Económica Europea. Era de Valencia.

Todos los veranos iba a veranear allí con su mujer. Ripol hablaba de ella con la pasión de un quinceañero que por primera vez descubre el sitio en el que se encuentra el corazón, pero con el poso que dan cincuenta años junto a la hembra que le enseñó el lugar exacto.

Hablaba de ella mucho, y con tanta pasión que dolía escucharle. Los ojos se le tornaban como un vidrio mojado, perdidos, aunque seguro encontrados en otra dimensión inexplicable para el resto.

La playa se dejaba besar por las primeras olas del alba, las que rompen el silencio con ese arrullo del que hacen gala a primera hora. Ripol madrugaba mucho. En la diestra, una sombrilla de tela áspera y apelotillada. De esas ya en peligro de extinción. En la siniestra, dos sillas de playa. Buscaba el lugar con las mejores vistas y allí clavaba la sombrilla, arrodillado, empujando la vara con ambas manos hasta que la estocada llegaba al lugar que debía. Luego de afianzarla, desplegaba las sillas y las colocaba bien juntas, que sin querer se tocasen las manos, se encontrasen las miradas, se encontrasen los cuerpos.

La mujer de Ripol había muerto hacía ya muchos años, pero todos los días de verano él cumplía con el mismo ritual con escrupulosa minuciosidad. Hasta que fue al encuentro de ella.

Y yo, siempre que veo dos sillas de playa vacías frente al mar, recuerdo esta historia. Y también una frase de mi amiga Nieves Corral. “El amor no es lo que nos cuentan. Es mirar en el mismo sentido”. Ripol lo sabía. Vaya que sí.

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